Por el camino de cempasúchil

Siempre pensé que la vida en provincia era aburrida ¡Vamos! ¿Quién puede encontrar diversión en el campo? Por eso cuando mi madre decidió que pasáramos el fin de semana en casa de los tíos pensé que era una muy mala idea. Odio el campo.

Esperaba poder verme con mis cuates el fin de semana e ir a echar desmadre como cada Halloween, por más que mi madre me pidiera que celebrara el Día de Muertos, pero no me gusta; el Halloween es fiesta y color, el Día de Muertos solo velas y oraciones aunque el pan de muerto me encanta.

Las complicaciones de ese fin de semana empezaron temprano, algo que no se me da mucho, después el traslado hasta la Central Camionera para salir en un autobús temprano y llegar a buena hora. Iban a ser las tres horas más largas de mi vida.

La llegada a la Central Camionera de Puebla distó mucho de ser el fin del trayecto, de ahí tomamos otro autobús de una línea llamada ORO que ocupó otra hora de mi vida en llevarnos hasta Atlixco pero no, no era el final aún. Llegamos a Atlixco y todavía tuvimos que tomar unas combis de color verde que nos llevarían, por fin, al fin del recorrido, Huaquechula; después de pasar horas sentado lo que menos quería era seguir viajando. Odio viajar.

No era la primera vez que visitaba a mis tíos, aunque no recordaba bien el trayecto, quizá porque era más chico no recordaba lo aburrido que era. Huaquechula está ubicada a 45 km al suroeste de la capital poblana, y es conocida en la región por sus elaboradas ofrendas de “cabo de año” dedicadas a honrar a quienes fallecieron antes del 1 de noviembre. Quizá mi madre pensó que sería interesante para nosotros ir en esta fecha en particular. No me gusta el Día de Muertos. Ni después de la pérdida que sufrimos como familia.

Lo que no sabía era que mi madre se había puesto de acuerdo con mis tíos para montar un altar como cualquier otro, pero en honor a mi padre.

Aunque mi padre fue una figura un tanto ausente siempre lo tuve presente, por desgracia la muerte llegó temprano por él… nos había dejado hace unos cuantos años. No puedo decir que no lo amaba, es solo que siempre fue la figura de autoridad en casa, aunque también era el sabio, el que todo lo sabía; me dolió su partida pero no le lloré, tenía que ser fuerte por mi mamá.

Me habló de muchas cosas, pero no lo recuerdo todo, quizá porque sus palabras no tuvieron tanto impacto en mi entonces, muchas veces quise que me dijera que era lo importante en la vida.

Para el sábado por la tarde ya estaba el altar montado y dispuesto: la mesa adornada con papel picado, con representaciones de calaveras y Catrinas, platos de barro con mole y arroz blanco, velas y pan de muerto y en el centro una foto de mi padre de hace unos ayeres.

Serían las siete de la noche cuando salí de casa de mis tíos y me quede parado en la puerta viendo a la gente ir y venir. La casa de mis tíos se encontraba en la calle de Arévalo, a tan solo unos metros del Convento de San Martín Caballero, supuse que muchas de aquellas personas irían a ver la ofrenda del convento. Era interesante ver a la gente pasar, algunas mujeres llevaban enormes ramos de flores de cempasúchil y canastas con frutas, la gente y la arquitectura era la típica de un pueblo. Era tan aburrido.

La gente poco a poco fue haciéndose menos hasta que no vi a nadie más, no me di cuenta cuando se oscureció. Estaba sentado en el escalón de la puerta aburrido, pensando que dentro estaría igual; todos charlando, bebiendo café o té y quizá me ofrecerían un chocolate para acompañar el pan de muerto. No, no tenía ganas de entrar, fue entonces cuando lo vi.

Un hombre ya grande caminaba por la calle empedrada con rumbo al convento, detrás de él iba un burro con cientos de flores de cempasúchil amarradas al lomo, pero con tan mala suerte que estas iban desojándose, dejando tras de si un camino de pétalos.

Se veía cansado y seguramente lo estaba, frente a mi trastabilló y su rodilla derecha golpeó el suelo, sin pensarlo siquiera me levanté rápidamente y lo ayudé a levantarse, se sujeto de mis hombros con sus manos que eran grandes y toscas pensé, por trabajar en el campo toda su vida, solo así pude ayudarlo a ponerse de pie.

-¿Está bien?-

-Si hijo, gracias- respondió, su rostro estaba marcado por un ciento de cicatrices, de esas que dejan los años, pero sus ojos aún tenían cierto brillo, una chispa de la vida que lo impulsaba a seguir adelante.

-¿No se quiere sentar un momento?- le pregunté señalando el escalón de la puerta, asintió. El burro se detuvo ahí donde el hombre cayó y no se movió.

El anciano se quitó el sombrero de paja y con un paliacate rojo que sacó del bolsillo se limpió el sudor de la frente.

-¿Viene de muy lejos?- pregunté como quien busca preguntar cualquier cosa, pero sentía una extraña necesidad de hablar con él.

-¡Uy hijo!- dijo con una amplia sonrisa, sonrisa no muy agradable de ver por los dientes que le faltaban -Si, desde muy lejos-

-¿Va para el convento?-

-No, solo estoy de paso-

-¿Y a dónde va?-

-A donde me marca el camino-

-No entiendo- dije y volvió a sonreír.

-Claro que no lo entiendes, y eso es porque eres joven, pero ya llegará el momento en que lo entiendas-

-¿Y va muy lejos?-

-Eso si que no, mi lugar está muy cerca de aquí- y me guiñó un ojo.

Nos quedamos en silencio un momento, solo es escuchaban los sonidos del pueblo; animales, una camioneta transitando a lo lejos, casi nada.

-Tú vienes de lejos-

-Si, de la capital-

-¿Te gusta aquí?-

-La verdad no, no me gusta el campo-

-¿Por qué?-

-Es tan aburrido-

-No, aquí la vida es todo pero no aburrida-

-Pero si no hay nada que hacer-

-Quizá no haya mucho que hacer, pero puedes levantarte muy temprano, cuando todavía está oscuro y esperar, y si eres paciente verás como amanece el día, si vas al campo puedes empaparte de los olores de la tierra, la tierra mojada, lista para sembrar, aves, cielo abierto, flores, frutos que puedes tomar directamente de los árboles, y en noches como está puedes ver cada una de las estrellas que brillan en lo alto del cielo. Quizá no haya mucho que hacer, porque lo único que está gente hace aquí es vivir, qué importa si no tenemos las comodidades de las grandes ciudades, ni su tecnología, ni sus grandes edificios y enormes almacenes, la gente no se preocupa si viste a la moda, o si usa lo último en teléfonos celulares… me ves con cara de extrañeza, pensabas que por ser un viejo de campo no sé como viven en la capital. La Ciudad de México no es diferente a Guadalajara, o a Monterrey pero al final, todas son iguales. Grandes ciudades albergan almas pequeñas, aquí no, aquí la gente es libre y lo más importante es que vive-

Volvimos a quedarnos en silencio, trataba de recordar cuando había sido la última vez que vi un amanecer, lo cierto era que jamás había vivido uno, si, los había visto, pero jamás había apreciado uno en verdad. Nada de lo que me dijo lo había vivido. Como él dijo, a mi preocupaban las cosas mundanas de la vida, quizá mi vida era mundana porque no había vivido lo suficiente, quince años no es mucha vida para decir que he vivido.

-Bueno… – dijo poniéndose de pie -Es hora de continuar el viaje-

-Que le vaya bien señor, ojala llegue pronto a su casa- dije despidiéndome de él. El viejo tomó la rienda de su burro (un mecate amarrado al cuello del animal) dio algunos pasos y se volvió, no había notado lo iluminada que estaba la calle.

-La casa de uno está en el corazón, y siempre regreso a casa, y tú, no te pierdas de las cosas maravillosas que tiene la vida; vive hijo, vive- y enfiló por la calle la cual estaba tapizada por pétalos de cempasúchil.

Otra camioneta atravesando la esquina me hizo voltear, cuando regresé la mirada el anciano había desparecido.

 

Ya no odio el campo, no odio viajar, el Día de Muertos resultó ser una celebración igual o más importante para mí que el Halloween. Cada año regresé a Huaquechula y participé en las celebraciones. Cada año desde entonces empecé a celebrar no la muerte, sino la Vida Eterna de la que gozan todos los que se han ido.

Cada año regresé a ese pueblo con la esperanza de encontrarme con aquel viejo, pero eso nunca pasó, y muchos años después, cuando había dejado atrás la juventud y era un hombre entendí lo que el viejo quiso decirme.

Vivo mi vida y la vivo bien gracias a él, descubrí lo importante de la vida; donde quiera que estés, gracias papá.

Huaquechula

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